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11/29/2012 05:05 pm ET Updated Jan 29, 2013

Los tiempos de mi hija y los míos son muy diferentes, pero conservan lo esencial

hija y yo

El otro día mi princesa más grande cumplió 3 años. La veo tan linda, tan alta, tan inteligente, tan maravillosa, aunque sigue siendo mi bebota todavía.

Más allá del babero que necesito a la hora de hablar de mis niñas, quiero compartir una comparación inevitable que creo a todos nos sucede como padres. Pensé en mí cuando estaba en la infancia y dejando de lado lo emocional, me detuve un segundo en lo material.

Entonces no pude evitarlo y elaboré este cuadro comparativo:

Yo: Tenía un sólo chupón, que un día arrojé por la ventana del auto y mi mamá aprovechó para decirme que entonces ya no había más y desde ese día el adminículo que me acompañó desde mi nacimiento, desapareció.

Mi hija: Tiene aproximadamente diez chupones. Vivo en una lucha constante para que lo deje, pero sumado al nacimiento de su hermanita -quien tiene otros diez chupones rodando por la casa-, se me hace súper difícil. ¿Por qué hay tantos? Pues porque nos los regalaron, porque los pierde, luego aparecen en una maceta o en un zapato y porque sinceramente esta es la era del consumo.

Yo: Mis padres me compraban ropa de vez en cuando, heredaba de mis primos. La ropa era algo que las abuelas nos hacían y las madres nos las remendaban. Se lavaba con cuidado.

Mi hija: Tiene muchísima ropa. No porque yo le compre. La verdad es que le compro lo necesario para jugar, que es lo que más usa y se gasta, pero con las ofertas en vestimenta que existen hoy -entre regalos y promociones-, podría estar semanas sin lavar y seguiría teniendo que ponerse.

Yo: Tenía algunos juguetes importados que cuidaba muchísimo. Peluches y bebotes, no me acuerdo muy bien. Mi madre fue consultada para esta nota y dice que tenía bebés y ositos a los que quería mucho. Jugaba mucho en el parque, al aire libre. Mi primera Barbie creo que llegó cuando yo tenía 6 años.

Mi hija: Tiene infinidad de juguetes. Es lo que más hay en la casa, sumados a los de su hermana, aunque gracias a Dios comparte todo con ella. Sus muñecas son todas las princesas, a las que ama con locura. Yo le voy racionando todo lo nuevo. Se lo guardo en cajas y se lo voy dando de a poco. Es que siento que tiene tanto que no es capaz de disfrutarlo.

Y para terminar voy con la tecnología, que es lo que más me impresionó a la hora de esta comparación:

Yo: A mis 4 o 5 años vi por primera vez una TV a color.

Mi hija: Maneja el iPad, la computadora y mi teléfono casi como yo.

Lo que siento que no ha cambiado tiene que ver con lo afectivo, con lo esencial. Me gusta sentir que 30 años después, lo que prevalece es lo mismo.

Alle adora que le contemos cuentos y no hace falta un libro, puede ser uno de nuestra imaginación, que es totalmente gratis. De hecho estoy segura que lo preferiría a un juguete más costoso.

Alle adora a sus compañeritos del jardín de niños. Hasta tiene mejores amigos. Y estoy segura que no le importaría estar vestida de cualquier manera con tal de pasar tiempo con ellos.

Esto me deja tranquila, que nuestros niños tienen más de lo que nosotros teníamos, pero su corazoncito sigue eligiendo lo que realmente importa.

Eso sí, hay algo que yo no tenía y ella sí tiene: ¡novio! Un principito como ella por el que es capaz de saltar de los brazos de su papá. ¡¡Ay ay ay!! Con este tema también acepto sugerencias. Gracias.

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