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12/14/2012 08:25 am ET Updated Feb 13, 2013

No les importa la salud de mi hijo, solo cobrar el seguro

hijos diana

Aunque tengo 20 años viviendo en este país, siempre he añorado el servicio médico de mi país: México. Pero esta semana, esa nostalgia se volvió en un deseo ferviente de estar en mi patria. Recuerdo con cariño al doctor López, el médico que durante toda la vida atendió a mi familia, en su consultorio, en mi casa o en la suya. Siempre dispuesto a atender a quien lo necesitara, se le pudiera pagar o no.

No dudo que en los Estados Unidos hay profesionales excelentes que todavía quieren a su profesión y atienden a sus pacientes por vocación, pero esta semana lo sucedido con mi hijo me dejó pensando si estos serán la mayoría.

El fin de semana llevé a Diego, mi hijo de casi 6 años al servicio de emergencias de un hospital abarrotado por casi 35 personas. Mi hijo, me suplicó (luego de dos horas de espera) que por piedad nos fuéramos a descansar. Me indignó ver cómo, en ningún momento nadie me preguntó qué le sucedía a mi hijo o si realmente se trataba de algo grave. Así, ardiendo en fiebre regresamos a la casa para volver a la sala de emergencias al día siguiente.

-"Mamá, no hay gente" exclamó el inocente muy feliz.

Pese a no haber una sola alma en la sala de emergencias, tuvimos que esperar casi 40 minutos para que un médico lo atendiera.

-"Tiene el flu" me dijo la doctora. "No lo lleve a la escuela, y aquí está la receta".

Llegué a la primera farmacia que encontré para solicitar la medicina.

"No la tenemos" me dijo un joven malencarado. "Vaya a otra farmacia".

Con la criatura moqueando y vomitando me fui a la siguiente farmacia donde tampoco tenían el medicamento. "Por favor, llame a otra sucursal a ver si ahí la tienen" le supliqué. "Vaya a otra que está cerca. Ya llamé, ahí si la tienen".

Por sorprendente que parezca al llegar a la dichosa farmacia...no tenían la medicina. De más está decir que aunque pedí por un gerente este estaba muy "ocupado" y no me podía atender. Total, tuve que ir a otra sucursal para entonces recibir una respuesta devastadora.

"Si tenemos la medicina. Pero...su seguro no la cubre, así que tiene que llamar al médico de emergencias que le dio la receta para que se la cambie".

-¿Cuanto cuesta la medicina? Démela, la pago. Mi niño está muy mal".

-255.60 dólares.

-¿Qué? ¿Es broma verdad? Es una medicina para la gripe ¡por Dios!

-"No. Así como lo oye. Y además, no hay genérico para este ingrediente, así que o lo
compra, o que le cambien la receta".

Casi llorando, llamé a la doctora quien descaradamente me respodió. "Mire, señora, yo soy un médico de emergencias...llame a su pediatra para que le cambie la medicina. Yo no puedo hacer más por su hijo". ¿Más?....la muy descarada no hizo nada por mi hijo porque no fue capaz ni de darle algo que le bajara la fiebre estando en el hospital.

Llamé al pediatra de Diego. "Mire, yo no puedo cambiarle la receta que le dio la doctora de emergencia a menos que venga, pague el co pago de su seguro y yo vea al niño para asegurarme que efectivamente tiene el virus. Ahí le puedo dar otra receta". ¿Qué tal?

Ya habían pasado casi cuatro horas desde que habíamos salido de la casa rumbo al hospital.
Viendo sufrir a mi hijito me preguntaba si a alguno de estos "servidores" de la salud le importaba aunque fuese un poco el estado del niño. Mi respuesta me asustó. Viendo mi cara de desesperación, la farmaceuta que había visto todo lo que me había sucedido me dijo:

"Mire m'hija, dele al niño tylenol y un bañito de agua tibia. Total, entre usted y yo, esta medicina ni sirve. Llévelo a descansar y hágale una sopa de pollo".

Seguí el consejo de la mujer. Y yo me tomé un te de pasiflorine para aplacar los nervios.

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