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12/11/2012 06:47 pm ET Updated Feb 10, 2013

Jenni Rivera, "una vida prestada"

jenni rivera
La muerte de alguien famoso despierta toda clase de reflexiones. El vivir bajo el reflector, además de exponerlos, seguramente envejece a esos seres que ilumina y distingue, pero cuando ese reflector se apaga provoca una oscuridad que lo abarca todo. Es lógico que la desaparición repentina de alguien cause una conmoción y más cuando se trata de alguien público.

Se muere una mujer valiente, noble, muy cariñosa, auténtica, una mujer del pueblo; una voz que llegaba a muchos y las caderas que alcanzaban para todos.

Hablar de la muerte incomoda a casi todo el mundo, somos pocos para los que las palabras resignación, fortaleza, que dios te de paz y esa retahíla de intentos de consuelo, que sólo satisfacen a quien los externa, nos tienen sin cuidado. Y digo nos tienen sin cuidado en plural, porque aunque no me atrevo a afirmarlo por otros deudos, sí quisiera dar la impresión de que en esto de aceptar la muerte tal y como es, no estoy solo, aunque morir sea el acto más solitario de todos a los que estamos condenados los seres humanos. Está bien, elegimos nuestras conductas y eso nos hace ser libres y éticos, pero ¿Cuánta libertad tiene un hombre para decidir sobre sus actos si sabe que las decisiones más importantes le han sido arrebatadas: como nacer y morir? Esas pequeñeces son las que me orillan a aceptar lo demás como lo que sucede entre paréntesis, algo de importancia aunque secundaria, dos corchetes que encierran una libertad a fin de cuentas acotada, limitada, definida por actos que por naturaleza deberían ser de una manera y sin embargo pueden serlo de otra.

La muerte de Janney Dolores Rivera Saavedra es sólo una muestra más de lo que una vida llena de lucha, éxito, traición, bajas pasiones, ambición, talento y no exenta de drama necesita para ser dimensionada en su justa proporción: una salida espectacular, trágica, de titulares y encabezados. En la cúspide de su carrera, cuando la copa del árbol da una sombra espesa que protege, abraza y alcanza para todos, la guadaña hace su aparición en vestida de hacha para derribar el tronco que lo sostenía todo. Los que tuvieron oportunidad de estar cerca de ella la consideran "Inolvidable", y como para estar arribota (sic) en el medio del espectáculo, se necesitan al igual que fanáticos, agraviados, enemigos y detractores que sostengan las marquesinas, Jenni se va franca, de frente, de noche, a lo bestia. Cae del cielo porque la gravedad no es broma. Porque lo único que le sigue a estar arriba es abajo y ella en vida dudo que pudiera volver a estarlo, ya había tomado demasiado impulso.

Ni la conocí, ni la seguí. Vi sus voluptuosas formas, sus pronunciados escotes y sus desmedidas caderas, las lentejuelas y sus curvas vestidas de sirena, su desparpajo y candidez, la vi llorando con una sonrisa en la cara, con un ventilador alborotándole los chinos permanentemente y con un kleenex que escondía como tía bajo el puño de las mangas después de secarse el sudor. Le vi escurrir gotas del mismo por ese escote al que invitó a los miles de escándalos que protagonizó con tanto encanto y con los que entretuvo a sus millones de seguidores. Ese cuerpo por el que el mexicano pierde el paso dignificó a la mujer abusada en los dos sentidos de la palabra; a la mujer que no se deja y a la que se dejó por amor.

From rags to riches (de pobre a millonaria), la vida resumida en 43 años: abuela, madre, hermana, hija, artista, empresaria, fin trágico y ahora leyenda. México y sus seguidores han perdido a la embajadora de los besos y copas, versada en corridos y reclamos certeros, parrandera, rebelde y atrevida. México y sus seguidores han perdido a la Gran Señora, la digna representante de la talla grande, la diva de la banda, una joya que teníamos prestada.

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