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¡Yo me gusto, tú te gustas, él se gusta...!

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A todos nos gusta, cuando hambrientos, sentarnos ante una mesa con un buen plato de comida. Y poca gente dudaría, creo, del placer de un buen trago de cerveza fría en pleno verano si estamos sedientos. O dormir una buena siesta o calentarnos en invierno si hace frío. O recibir un dinero como recompensa a un trabajo bien hecho. Y es que el placer nos empuja y nos mueve a seguir vivos. Pero ese placer, en el ser humano, se extiende todavía más allá de todo eso al convertirse en la energía subterránea que, sin el individuo ser consciente de ello, orienta casi todas nuestras decisiones. Decisiones que pueden ir desde las más simples como escoger, a la hora del postre, entre dos naranjas casi idénticas, a las más difíciles y más duramente racionales y aparentemente alejadas de la emocionalidad, como pudieran ser las que se toman en el consejo de administración de un banco o una empresa. Pues bien, ahora mismo, sabemos algo más del placer humano. Hoy sabemos como biológicamente cierto que, en lo más silencioso o bullicioso de nuestro ser, en esa habitación imaginaria e inexistente de nuestro cerebro que llamamos yo, este, el yo, vive arropado por el placer.

Sin duda que, de alguna manera, los seres humanos nos consideramos el centro de todo lo que nos rodea, pues el yo está en el corazón de toda alegría, bienestar, satisfacción, sufrimiento, agresión, violencia, percepción o creencia. Todo está referido a ese yo pienso, yo creo, yo siento, yo tengo. Y es alrededor de ese yo que giran tantos placeres. Y por supuesto que no hay que hacer mucha filosofía para alcanzar a saber que cuando nos miramos al espejo o en una fotografía, buscamos gustarnos a nosotros mismos. O esperamos recibir agrado en la cara que ponen los demás o en sus palabras cuando hablan de nosotros mismos. Nos halaga, nos gusta, nos produce placer cuando nos dicen que vestimos bien, que hablamos bien, que estamos guapos y atractivos. Que somos inteligentes, sagaces, capaces y que se nos escucha con gusto cuando hablamos. Y claramente todo esto habla de cuánto nos complace todo ello. Tanto nos queremos y gustamos a nosotros mismos y tan viejo es ese querer y tan obvio es, que hasta se refleja claramente en la religión del aparente altruismo, cuando en los evangelios se dice "Quiere a los demás como a ti mismo" (que supuestamente es lo que más quieres en este mundo).

Todo esto se refuerza además con los resultados de muchos estudios que señalan que una buena parte de cualquier conversación normal está dedicada a hacer referencia al yo del que habla y tantas veces más, cuando se escucha hablar al otro, en la constante interrupción al interlocutor para poner de manifiesto nuestro yo en el tema de que se trate, aún siendo temas bastante específicos. Pero es ahora, lejos de las especulaciones o las observaciones psicológicas, que con las nuevas técnicas de imagen cerebral se ha venido a descubrir que cuando a la gente se le habla de sí misma o escucha hablar de ella con halago, pero no de otras personas o cosas "neutras", se activan en el cerebro las mismas áreas o circuitos neuronales que se activan cuando a un individuo hambriento tiene la posibilidad de comer un buen plato de comida o ante la expectativa de una relación sexual deseada, se siga o no de su realización física. Es decir, el yo, y su representación cerebral, viene codificado con placer, lo mismo que las conductas más biológicamente placenteras que mencionamos antes y por las que luchamos y trabajamos y ganamos algún dinero. ¿Acaso todo esto no es lo que nos conduce a hacer cosas sin más recompensa que aquella, aparentemente tan simple, de que se hable de nosotros mismos? ¿Acaso todo esto no es, por ejemplo, el substrato genial último con el que Arianna Huffington creo su periódico?