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En vida y especial en su muerte, JFK cambió la TV

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Por FRAZIER MOORE | November 6, 2013 04:37 PM EST | AP


NUEVA YORK (AP) — Es un momento que marca cuánto tiempo ha pasado desde que el presidente John F. Kennedy fue asesinado pues, para entonces, la televisión era considerada como un medio joven. Con el tiroteo que acabó con su vida en Dallas, la televisión se hizo adulta.

La cobertura de ese fin de semana de un noviembre de hace 50 años al fin ofreció la oportunidad para que la televisión pudiera cumplir con su gran promesa. Podría ser "más que un montón de cables y luces que salían una caja ", en palabras del periodista Edward R. Murrow, y no sólo el " vasto terreno baldío", como la etiquetó dos años antes el entonces presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones, Newton Minow.

Enfrentada a un reto sin precedentes, la televisión podría servir un servicio público incalculable. Podría mantener unido al país: los estadounidenses se citaron a hacer parte de una vigilia que se emitía en una pantalla y reunirse frente a un electrodoméstico. En efecto, las emisiones continuas de los tres canales de televisión proporcionaron a Estados Unidos un sentido de unidad, una oportunidad para hacer un duelo colectivo y una sorprendente cercanía a los televidentes de ser testigo de primera mano de eventos que ocurrían a larga distancia.

La televisión hizo una crónica exhaustiva de la muerte, velación y entierro de JFK, y mostró a sus espectadores las últimas escenas de una carrera política que se hizo trizas mientras se iniciaba la era del video.

En vida, pero en especial en su muerte, John F. Kennedy cambió la televisión para siempre.

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Hacía 1956, cuando estaba en su infancia, la televisión presentó a muchos estadounidenses al joven político cuando fracasó en su nominación como Vicepresidente del Partido Demócrata.

Cuatro años más tarde ya era candidato a la presidencia y la televisión lo siguió por el país durante su campaña electoral.

Los debates televisados se convirtieron en un hito y le permitieron derrotar al candidato republicano Richard Nixon. Unos 70 millones de estadounidenses vieron el primer debate, pero dado que se veía bien en la pantalla chica, Kennedy fue considerado el claro ganador. Los debates televisados se convirtieron obligatorios para toda campaña presidencial futura.

Ya como presidente, Kennedy y el crecimiento de la televisión como medio (los hogares que tenían un televisor habían aumentado a 46,9 millones en 1960 de 9,8 millones de la década anterior, de acuerdo con Nielsen) creó imágenes imborrables.

Su discurso en la ceremonia de toma de poder en 1961 fue visto por millones de personas. Fue cuando le urgió a los estadounidenses "no preguntes lo que tu país puede hacer por tí.. ". JFK encantaba a sus espectadores con sus conferencias de prensa televisadas, que eran cándidas, en las que improvisaba y que a veces él manejaba como si fuera el ingenioso anfitrión de un talk-show.

En una ocasión, un periodista le preguntó Kennedy si, dado los problemas que conllevan la presidencia, disfrutaba su trabajo y qué le recomendaría a quien lo quisiera hacer.

"La respuesta a la primera pregunta es sí, y a la segunda es no", bromeó y su rostro se iluminó con una sonrisa. "No se lo recomendaría a otros por lo menos, por un tiempo".

Los televidentes también amaban a su esposa, Jackie. En febrero de 1962, las tres cadenas de televisión, CBS, NBC y ABC, emitieron un especial con la entonces recién restaurada Casa Blanca. Más de 80 millones de estadounidenses sintonizaron los programas.

"La televisión llevó a John Kennedy y a su familia a los hogares de Estados Unidos como nunca había sucedido con un presidente antes", resumió el historiador Robert Caro, autor de varios libros entre los que se encuentra una biografía, de varios tomos, del sucesor de Kennedy, Lyndon Johnson.

Luego, el 22 de noviembre de 1963, así como los días siguientes, la televisión se dedicó a transmitir exclusivamente la tragedia nacional que significó su asesinato.

"La televisión hizo que se intensificaran todas las emociones en los cuatro días (del asesinato, la velación y el entierro). Se intensificó la conmoción y el horror de la muerte, y luego el asesinato del asesino", dijo Caro, refiriéndose al homicidio de Lee Harvey Oswald. "Se intensificó el dolor, el duelo y el misterio. Y se intensificó la superación del duelo con (la transmisión de) las honras fúnebres".

Pero la televisión también prestó un servicio a aspectos poco conocidos del proceso de transición, Caro añade: volvió a presentarle a la opinión pública a un hombre que durante tres años trabajó tras los bastidores: Johnson, el vicepresidente de Kennedy, en el momento en que fue llamado a comandar el gobierno en un momento traumático, de crisis y alarma nacional.

"Hay que reconocer la relación que creó la televisión no sólo con el presidente muerto, sino también con el nuevo presidente que asume el cargo- el papel tranquilizador, el efecto calmante que tuvo en el público debido a la manera como (Johnson) se comportó".

La actitud tranquila de Johnson fue lo primero que transmitió la pantalla chica apenas unas horas después del asesinato tras su arribo de la base Andrews de la Fuerza Aérea, en Dallas, a Washington en el avión presidencial. Acompañaba el féretro y a la señora Kennedy que todavía llevaba su vestido rosa manchado de sangre.

Lo esperaban cerca de 50 periodistas y técnicos, incluyendo el corresponsal del noticiero de NBC, Robert Abernethy, que recuerda estos momentos como de "tensa calma".

"Los periodistas y técnicos no podrían y no dijeron mucho", dice Abernethy, que ahora tiene 85 años y aún trabaja como presentador del programa "Religion & Ethics Newsweekly" en la cadena pública de televisión estadounidense PBS.

Él y sus colegas de las otras cadenas ofrecieron comentarios reconfortantes sobre la tragedia y la ceremonia de juramentación de Johnson, quien dio un paso hacia el bosque de micrófonos que lo esperaba y ofreció una perfecta mezcla de determinación y humildad. Entonces, dijo a la nación, "voy a hacer mi mejor esfuerzo. Eso es todo lo que puedo hacer. Les pido su ayuda, y la de Dios".

Fue uno de esos momentos inolvidables: Las pantallas de los televisores se llenaban con las palabras "Boletín informativo de la CBS" y la voz del periodista Walter Cronkite, interrumpiendo la telenovela "As the World Turns".

"El presidente Kennedy ha sido víctima de la bala de un asesino en Dallas, Texas", reportó Cronkite. "Se ignora aún si el mandatario ha sobrevivido".

Poco después Cronkite, mirando a la cámara con ojos lagrimosos, le informó a la nación con voz entrecortada que Kennedy había fallecido.

"Empezamos a enviar corresponsales a todos lados", recordó el que era entonces jefe de la corresponsalía de la CBS en Washington, William Small. "A un reportero lo enviamos a la Casa Blanca, otro al Congreso. No teníamos más reporteros así que improvisamos: pusimos un equipo de cámaras en una camioneta y nos fuimos a la residencia de Lyndon Johnson".

Como muchos otros periodistas importantes, Small no abandonó la corresponsalía en los próximos cuatro días "desde que lo mataron hasta que lo enterraron".

"Cuando finalmente regresé a casa, le pregunté a mi esposa, '¿Cómo estuvo todo por aquí?' y ella me respondió 'No había nadie en las calles, todo el mundo estaba viendo televisión".

Nunca antes el público había podido ser testigo tan de cerca de un hecho más allá de su experiencia personal e inmediata.

Los tres canales de televisión de entonces suspendieron su programación regular y se dedicaron a la cobertura de los sucesos en Washington, Dallas y otros puntos, del viernes al lunes. Nunca después hubo una cobertura noticiosa tan ininterrumpida hasta los ataques terroristas de septiembre del 2001.

La nación entera estaba hipnotizada. Tras la confirmación oficial de la muerte de Kennedy, casi la mitad de los televisores en el país estaban siendo usados. Pocas horas después la cifra aumentó a dos tercios y el lunes a la tarde, al realizarse las pompas fúnebres el 81% del país estaba viendo televisión, según la empresa Nielsen.

Fue una revolución para una época en que la mayoría de la gente recibía sus noticias de los diarios, donde las salas de cine proyectaban todavía cortos noticiosos antes de las películas.

"Fue la entrada a la adultez para el periodismo televisivo", dice Dan Rather, quien estaba en Dallas coordinando la cobertura de la visita del presidente, que se esperaba que no produciría mucha noticia.

En el momento en que matan a Kennedy, Rather estaba en el lugar que iba a ser la última parada de la caravana presidencial, donde los camarógrafos le entregarían a Rather el filme para que sea enviado al laboratorio para revelar.

Aunque no vio los disparos, Rather vio la limusina del presidente rodando a toda la velocidad "y parecía estar yendo en la dirección equivocada".

"Cuando pasé debajo del puente y llegué al montículo de césped, sabía que algo malo había ocurrido. Esa escena de caos, confusión y temor la tengo grabada en la memoria".

El corresponsal de la ABC, Bob Clark, estaba en el vehículo reservado para la prensa, detrás de la caravana presidencial.

"Oswald disparó justo en el momento en que pasamos por debajo, escuchamos los disparos claramente", recuerda Clark. "Fue entonces que nuestro vehículo salió corriendo persiguiendo a la limosina presidencial hasta el hospital aunque no teníamos ni idea de lo que había ocurrido".

En el Hospital Parkland quedaba claro que Kennedy estaba gravemente herido.

"El presidente estaba acostado en el asiento trasero de la limosina", narró Clark en su primero despacho telefónico. "La primera dama le sostenía la cabeza. En ese momento no se había informado oficialmente si el señor Kennedy estaba aún con vida pero estaba acostado en el asiento trasero del carro hasta que sacaron la camilla del hospital".

Lo que se veía en las pantallas de televisión en ese momento no era Clark sino el sello oficial de la presidencia estadounidense. Por supuesto, se trata de una época antes de la tecnología digital, las cámaras portátiles de video y las trasmisiones satelitales. Lo primitivo de la tecnología del momento es una prueba más de la tenacidad de los medios de comunicación de entonces.

Por ejemplo, las cámaras utilizadas para trasmisiones en vivo eran de gran tamaño "y teníamos una cantidad limitada de ellas", recuerda Small. Esto presentó dificultades particulares a la hora de transmitir el funeral desde Washington.

Tras las exequias en la Catedral de St. Matthew, los restos de Kennedy fueron trasladados en carruaje al Cementerio Nacional de Arlington para su sepultura. Los canales de televisión transmitieron cada segundo de esa sombría marcha.

"Reclutamos a todos los corresponsales que teníamos", recuerda Small. A medida que el carruaje pasaba la posición de una cámara, esa cámara se trasladaba al lado de la cámara siguiente. "Tuvimos cámaras que fueron trasladadas cuatro veces en un solo día", dice Small.

La cobertura televisiva de ese entonces, aun cuando se le ve hoy en día, parece perfectamente apropiada para la ocasión: serena, sombría, en blanco y negro. Las imágenes mostraron el féretro en la Rotunda del Capitolio, el caballo sin jinete, la viuda con el velo, el hijo de 3 años alzando la mano en saludo, la llama eterna en la lápida.

Las imágenes le dieron a la nación la oportunidad de absorber y reflexionar sobre la magnitud del hecho que acababa de ocurrir.

Y sin embargo, surgieron apenas un día después de un desagradable contrapunto: el asesinato de Oswald, también frente a una cámara de televisión.

Ese atentado ocurrió en el momento en que la policía trasladaba al sospechoso del cuartel policial a la cárcel del condado, a fin de darle a la prensa la oportunidad de ver al individuo. NBC estaba transmitiendo en vivo cuando Jack Ruby saltó enfrente de Oswald y le disparó a quemarropa, matándolo.

Nunca antes se había visto un homicidio verdadero en televisión en vivo.

"¡Le han disparado, le han disparado a Oswald!" exclamó el corresponsal de NBC Tom Pettit. "¡Cunde el pánico aquí en el sótano del cuartel policial de Dallas".

Los otros canales se habían abstenido de transmitir el hecho en vivo, pero CBS fue pionera en otro aspecto: en menos de dos horas había logrado algo que probablemente nunca se había hecho en el periodismo televisivo: transmitió imágenes en cámara lenta de ese asesinato, cuadro por cuadro.

El asesinato de Kennedy no había sido captado por las cámaras de televisión y no fue transmitido en vivo. Sin embargo, un espectador, Abraham Zapruder, la había filmado con su cámara de 8 milímetros.

Parece asombroso, pero ese testimonio visual no fue visto por el público por más de una década. En 1963, se consideró que esas imágenes eran demasiado perturbadoras para el público y aun 50 años después, siguen siendo espeluznantes al tiempo que han generado teorías sobre quién o quiénes realizaron los disparos.

Hoy en día, es inconcebible pensar que un presidente pueda tener un momento en público sin que sea captado por los medios de comunicación social, y ni hablar de los ciudadanos comunes con sus cámaras portátiles y teléfonos celulares.

"Hoy en día", dice Rather, "habrían cámaras en todos lados y sería sumamente difícil que no haya fotos del presidente fulminado en la limosina", es decir, habría video desde todos los ángulos posibles y en alta resolución, totalmente disponible en YouTube.

Rather advierte que hay peligros en tener una cobertura tan inmediata de los hechos en el mundo mediático de hoy, donde cada suceso es analizado inmediatamente y con hipótesis dispares sobre qué ocurrió y quién es el culpable.

La cobertura más discreta a la que se vieron obligados los medios de comunicación de entonces "probablemente fue algo positivo para el país", dice Rather. "La información que el país necesitaba fue surgiendo gradualmente a medida que la transición de gobierno se realizaba pacíficamente".

Decir que el periodismo debe andar con mesura podría ser una herejía para ciertas personas, pero incluso en ese traumático fin de semana, los estadounidenses estaban ambivalentes sobre el rol que debía tener la televisión.

"La recepción de las imágenes televisivas se convirtió en una experiencia sumamente extraña", escribió Jack Gould, columnista de televisión para el New York Times.

Se libraba "una batalla dentro de cada individuo, entre la aversión a los hechos y la incontrolable ansiedad de obtener información".

Entretanto, tanto los canales de televisión como los espectadores se batían entre "la inclinación hacia pensar sobre lo que el futuro nos deparaba y el sentimiento incómodo de saber que era demasiado pronto para saberlo".

Medio siglo después, este es un dilema que todavía no hemos resuelto, ni los canales de televisión ni los espectadores.