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El sueño republicano: "Restauración"

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El mensaje central de la convención republicana, compuesto por las intenciones y oferta de Mitt Romney y las interpretaciones de los asistentes, podría quedar reducido a una palabra: Restauración.

Esta operación, que todavía posee connotaciones y resonancias de las correcciones aplicadas en pleno siglo, como freno a los excesos revolucionarios, ha quedado plasmada en el guión que los asesores del candidato han hilvanado de retazos inconexos, ambiguos y frecuentemente contradictorios. El balance de la larga campaña hacia la presidencia es que el exgobernador de Massachussets, próspero empresario, y antiguo obispo mormón, todavía es un desconocido para el electorado, no solamente el opuesto e indeciso, sino también para sus naturales votantes. De ahí que todo quede resumido en un proyecto de nostalgia en la creencia de que todo tiempo pasado fue mejor.

El problema es que no se sabe muy bien qué se intenta restaurar en Estados Unidos. Si se escucha al candidato y los ecos más histriónicos de su potencial segundo, Paul Ryan, en primer lugar el regreso urgente de Estados Unidos es hacia "la ciudad en la colina" laureada por una atmósfera de excepcionalismo. Ese mítico escenario estaría regido exclusivamente por la iniciativa privada, cimentada sobre la estrategia de las grandes empresas que generosamente emplearían al exceso de mano de obra, que a su vez convertiría en prósperos los pequeños negocios. Entre todos, un sistema de graciosa caridad, en forma de donaciones aderezadas de desgravaciones, equilibraría las desigualdades comprensibles en un sistema salvajemente competitivo.

Al enfatizar sus éxitos en el sector empresarial, Romney parece estar hablando por boca de Charles "Engine" Wilson, cuando fue propuesto por la administración Eisenhower para ser Secretario de Defensa. Al ser cuestionado en la tradicional y un tanto rutinaria "audiencia" en el Senado, acerca de la bondad de pasar de dirigir una compañía estrictamente capitalista, basada en las metas de beneficios, a una de la ramas gubernamentales más sensibles que se encarga de la seguridad total de la nación, Wilson respondió con una frase histórica que se ha convertido en clásica. "Lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos". Según interpretaciones diversas, en realidad Wilson dijo que "lo que es bueno para el país, es bueno para General Motors", pero la variante es la que ha pasado a la antología de frases célebres. En cualquier caso, no hay cuestionamiento desde entonces. El provecho de una empresa, sea cual sea su política laboral y cómo lograr aumentar sus ventas, es una meta aplicable a cualquier variante de gobierno. "Lo que es bueno para Staples (una de las empresas del imperio de Romney, es bueno para Estados Unidos (para algunos)".

De nada sirve recordar que desde entonces, la industria automovilística, a pesar de haber sido reforzada por la producción japonesa, se ha convertido en una antología de desastres y de necesidad de rescates gubernamentales. De poco sirve meditar que para ajustar la supervivencia de esos conglomerados, el sector (y otros) fue desprovisto de las protecciones laborales y sociales que habían sido la meta de décadas de ensayos socialdemócratas en los que los gobiernos habían rellenado la impotencia de la industria privada en la depresión.

Romney quiere restaurar la paz familiar que según el guión que vende había presidido el gran siglo americano hasta, por lo menos, la Guerra de Corea. El candidato republicano aboga por un código basado en una fe concreta de ciertas denominaciones religiosas que se consideran superiores, por puras y genuinamente americanas. Desconfiando de confesiones con sospechosas implicaciones sociales y sobretodo de pretendidas dependencias extranjeras (como la Católica-Romana), Romney sutilmente hace referencias a su credo mormón, pero sin usarlo como plataforma, sabiendo que el grueso del electorado norteamericano todavía se siente reticente a ciertas peculiaridades y misterios de la oferta procedente de Utah, pero que se presenta como derivada directamente de un creador con sabor americano, como la Coca Cola.

Finalmente, Romney machaca una y otra vez la conveniencia de un gobierno empequeñecido que deje al país gobernarse por los dos sectores mencionados (empresa y familia/fe). Su modelo es Ronald Reagan y su obsesión por reducir la acción gubernamental al mínimo. Resulta curioso que Romney creciera en un ambiente en el que su padre fue gobernador de Michican, y él mismo ascendiera los peldaños políticos como gobernador de Massachussets, y ahora reclame desconfianza hacia el Gobierno. Su lógica es similar a la de Reagan, quien se encumbró a la gloria gracias al trampolín que le dio la gubernatura del gigante californiano.

La agenda republicana soslaya el hecho de que ese sueño americano que se intenta restaurar no fue dañado por los cuatro años anteriores de la administración de Obama, ni siquiera por los dos mandatos de Clinton. El daño fue infligido por los ocho años de George W. Bush y su equivocada política exterior y económica que ha dejado al país con un déficit que no lo pagarán ni las dos generaciones siguientes. Pero el problema viene de más lejos.

Mientras Nixon hizo realidad la promesa kennediana de llegar a la luna, el país se descompuso en una inmoralidad generalizada que culminó con la mentira de Watergate (episodio del que el alma americana todavía no se ha recuperado).

Si Romney quiere "restaurar" el país entonces el objetivo es un Estados Unidos mitificado que tuvo la culminación con la generosidad de Normandía y el rescate aéreo de Berlín. Vietnam terminó de echar por tierra el sueño americano. Pero Romney no es F. D. Roosevelt ni Truman, y tampoco, curiosamente como Teddy Roosevelt.

El mejor acierto de la lamentable actuación de Clint Eastwood en la convención fue recordar al electorado una dimensión fundacional de Estados Unidos, parte todavía de su credo nacional. Si se decidiera en referéndum, una inmensa mayoría de los estadounidenses elegirían estar protegidos, más que por un gobierno fuerte, por un sheriff local, pagado piratamente por los contribuyentes. El norteamericano desconfía, tiene razón Romney (como Reagan), del gobierno opresor. Pero sabiamente, desde Jefferson y Franklin, sabe que su innato anarquismo solamente es corregible para un sistema de leyes e instituciones, que garanticen no solamente la seguridad del vecindario, sino también proporcionen la debida justicia social que apuntalen la ahora amenazada igualdad. De haber dejado a la iniciativa privada de los "empresarios" sureños esclavistas, y haber seguido Lincoln la agenda de Romney, la federación norteamericana sería un sueño, que no podría "restaurar" porque nunca habría existido. Pero, claro, ese escenario no estaba en la imaginería de los asistentes abrumadoramente blancos, angloamericanos, y predominantemente acomodados, buenos padres de familia y esposas ejemplares.

Joaquín Roy es Catedrático 'Jean Monnet' y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami
jroy@Miami.edu