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10/30/2012 05:29 pm ET | Updated Dec 30, 2012

El Huracán Sandy desde mi ventana

desde mi ventana

Ni los avisos incesantes, las constantes conferencias de prensa, o imágenes gráficas que miles de noticieros compartían hace ya varios días catalogando como la "madre de todas las tormentas", o el "Frankenstein" hecho huracán, podrían anticipar lo que sería realmente la visita de la tal Sandy a la ciudad de Nueva York.

Pero, es que ¿quién tomaría en serio un fenómeno atmosférico con un nombre tan débil y diminuto como Sandy?

Desde mi apartamento, que comparto con mi esposo y mi perro, en el duodécimo piso en el área este a la altura de Midtown en Manhattan, a eso de las siete de la noche del lunes, todo parecería un bluff más, una tocadita tonta como la que nos hiciera el huracán Irene hace ya un año, y que aún cuando dejó algunas huellas, no logró penetrar en el corazón del estado.

Dos horas después y los vientos comenzaban a golpear nuestras paredes, nuestra puerta, y a acelerar los latidos de nuestro corazón. Los intensos sonidos de sirenas, las noticias en la televisión alarmando sobre lo que se nos venía, y las hojas de los árboles revoloteando en el aire, nos despertaron muy pronto de la burbuja en la cual nos encontrábamos hasta el momento.

Desde mi ventana empezamos a ver cada vez más luces de bomberos y ambulancias, y a la lluvia pasar de ser una mera llovizna a un aguacero interminable, mismo que pronto desembocaría en el desbordamiento del East River, a solo dos bloques de mi vecindario, inundando nuestra calle principal que da acceso a cientos de hogares, incluyendo el mío.

- "Esto es mucho más serio de lo que pensamos".
- "Agarra agua".
- "Carga los celulares".
- "Saca las velas y los encendedores".
- "¡Se nos viene una tormenta!"

Mi esposo y yo nos dábamos instrucciones y cumplíamos con el mandato del otro como un asunto de vida o muerte. Habíamos vivido esta experiencia anteriormente, en condiciones parecidas en nuestro país, Puerto Rico, y sabíamos lo que había que hacer y sobre todo lo que significaría.

Entonces ¡PUFF!, comienzan los ruidos más temerosos de toda la noche, aquellos que anunciaban que algún cable o generador de energía estaba fuera de servicio. Y así mismo, como en forma de ola se fue apagando gran parte de la ciudad. Aquella soberana ciudad en donde las luces reinan, y nunca se duerme, ahora se había transformado en un amplio lienzo negro, en donde reinaba el silencio, la oscuridad y en ciertos casos, el miedo.

Rápidamente recurrimos al pasillo, salimos a descifrar si éramos sólo nosotros, o el resto del edificio se había quedado sin luz. Nos encontramos por primera vez con caras conocidas pero tan desconocidos, aquellos vecinos que habían convivido junto a nosotros por años, de pronto enseñaban sus cabecitas uno a uno a través de sus puertas y conversaban solidarios con los demás.

El pasillo se tornó en nuestro centro comunal. Discutíamos la situación, jugábamos juegos de mesa, escuchábamos las noticias... Fue con ese mismo grupo también que tuvimos la oportunidad de salir a ayudar a evacuar a otros tantos a nuestro alrededor que necesitaban ser transportados al albergue más seguro: Madres, jóvenes, niños y ancianos que ahora se encuentran a salvo gracias a ese gran esfuerzo.

Luego de unas intensas horas de trabajo, ya a las cinco de la mañana logramos regresar a nuestro apartamento y descansar, agradecidos de poder estar juntos, vivos y en salud.

Estaremos sin agua, sin luz, sin Internet, sin teléfono, sin televisión y sin muchas otras cosas que Sandy se llevó consigo. Pero nos dejó más que nunca una gran satisfacción, un sentido de propósito y convicción. Hoy Nueva York despertó más encendida que nunca. Dentro de la oscuridad se puede ver la luz de todos trabajando por un propósito común.

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Desde mi ventana en Nueva York
Imágenes del paso del huracán Sandy
Huracán Sandy (VIDEO)