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04/14/2013 06:33 pm ET Updated Jun 14, 2013

Adoptando a nuestros niños inmigrantes

ninos inmigrantes

Hace algunos meses, recibí una de las llamadas telefónicas más difíciles de toda mi vida. La llamada era de la madre de uno de mis estudiantes del pasado, llamado Julio. Julio tenía tan solo seis años de edad cuando lo conocí como profesora de primer grado en Phoenix, AZ. Catorce años después, se ha convertido en el tipo de persona que yo esperaba que mis hijos llegaran a ser algún día: disciplinado, inteligente, persistente y generoso. Pronto también me enteraría, de que estaba próximo a ser deportado.

Julio llegó a los Estados Unidos a la edad de tres años, con su hermana y dos padres muy trabajadores e indocumentados. Con su familia enfrentando los retos típicos de vivir en la pobreza, Julio tuvo que comenzar a trabajar a una muy temprana edad. Para conseguir un trabajo tuvo que obtener una identificación falsa. Él sabía que violaba la ley pero sentía que no le quedaba de otra. Durante su último año de la escuela secundaria, dejó de estudiar y empezó a trabajar en restaurantes de comida rápida para ayudar a mantener a su familia. Ese año, las autoridades se percataron de que había usado una identificación falsa para garantizar su empleo y lo acusaron de falsificación de documentos - un delito de "vileza moral". Desde entonces, ha permanecido en la cárcel.

Cuando colgué, buscando desesperadamente el horario de visita en la cárcel del condado, pensé que mi corazón iba a explotar. Después de ocho meses en la prisión, defendiéndose de dos cargos de falsificación de documentos, Julio se había declarado culpable. Ante los ojos de nuestro sistema judicial, esto lo convierte en un criminal y, por ende, no lo hace elegible para permanecer en el territorio de los Estados Unidos. Cuando llegué a Phoenix al día siguiente, no había prácticamente nada que hacer sino explicarle a su madre y ver qué arreglos podría yo lograr para su llegada a México. Julio estaba determinado a seguir peleando para quedarse en el país que él consideraba su hogar pero yo sabía que lo más probable es que él no tendría una segunda oportunidad.

Por supuesto, que la historia de Julio no es la única. De los 65,000 estudiantes indocumentados que reciben sus diplomas de la secundaria todos los años, entre el cinco y el 10 por ciento de ellos van a la universidad. Sin conocer los temas legales, muchos asumen que no son elegibles, o que la simple aplicación atraería una atención desfavorable. Los otros que sí tramitan sus solicitudes son aceptados, pero no pueden costear sus matrículas gracias a una prohibición existente sobre las matrículas estatales y la asistencia financiera disponible para quienes serían sus compañeros de clases. Por ende, a pesar de las innumerables horas invertidas por un profesor tras otro, su futuro educativo se frena intempestivamente. Las puertas de la oportunidad no se cierran suavemente, se lanzan en su cara. Esto lo pude ver tanto como profesora, así como en mi propia vida, creciendo en el sur de Texas donde, día tras día, las jóvenes promesas para quienes este país siempre había sido su hogar, ahora se ven obligados a vivir bajo la sombra de su propio futuro incierto.

En enero, el Presidente y un grupo de senadores bi-partidistas se reunieron para abordar el problema, diseñando una propuesta integral para la reforma migratoria. Como la anteriormente detenida Ley DREAM, su diseño apunta hacia una vía rápida hacia la ciudadanía para los jóvenes que llegan a los Estados Unidos como niños, y asisten a la universidad o prestan servicio militar. Una propuesta similar a ésta, y una con disposiciones que faciliten las posibilidades para que los estudiantes indocumentados de secundaria continúen estudiando en la universidad, tiene el potencial de corregir una grave falencia de la historia de nuestra nación. Sin tal propuesta, la educación, una institución considerada durante la historia de este país como el gran ecualizador, permanecerá profunda y trágicamente desigual.

Más tarde esa noche, al acostar a mis hijos, compartí la historia de Julio con mis dos hijos mayores, explicándoles lo que Julio había hecho, porqué yo me sentía tan triste y todo el tiempo que pasaría antes de que él lograra ver a su familia de nuevo. Antes de apagar la luz, rezamos juntos, en voz alta, por nuestra propia comodidad, porque la familia de Julio tuviera fortaleza, por su propia esperanza y valentía durante los difíciles días que se le avecinan.

Ahora debemos hacerlo mejor. Debemos dar a los niños y niñas que crecen en nuestros parques infantiles y ante-jardines una oportunidad de volverse los contribuyentes productivos que tanto anhelan ser. Como dijo Julio la última vez que lo vi, "Sra. V., éste es mi país. Yo moriría luchando por este lugar". Ya no podemos permitir que nuestras mentes más brillantes languidezcan y que el trabajo de nuestros educadores desde Kínder hasta el grado 12º se desperdicie. Tenemos el poder de escribir el siguiente capítulo de la historia de este país. Para comenzar, demos a cada niño que llame nuestra nación su hogar, un camino hacia la universidad y un lugar en el cálido abrazo acogedor de libertad y justicia para todos de los Estados Unidos.

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