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10/25/2012 09:49 am ET Updated Dec 25, 2012

Gioconda Belli: Testimonio poético de una guerra olvidada

pedrito contra

"Los Restos de la Revolución", libro de fotografías de Kevin Kunishi

Las fotografías de eventos revolucionarios muestran casi siempre los combates callejeros, los rostros de improvisados combatientes o las multitudes demandando justicia o celebrando su triunfo en plazas atiborradas y eufóricas. El libro de Kevin Kunishi: "Los Restos del Revolución", muestra por el contrario, lo que sucede cuando esos momentos pasan y las revoluciones y la gente que las protagoniza se esfuman de las escenas heroicas y se enfrentan con lo que a menudo suelen ser esperanzas no cumplidas y sueños no realizados.

Las sesenta y tres fortografías que componen este bello y melancólico libro, son una meditación profunda y poética sobre el alto costo que que los seres humanos solemos pagar por la libertad, no importa cuan ilusoria o corta sea ésta. La primera foto del libro, que parece ser tan solo la imagen de un trozo de abundante y verde selva tropical, tiene como pie de foto: "Sitio donde cayó un helicóptero Sandinista MI-24, entre Pantasma y Quilalí."

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Kevin Kunish y Los restos de la revolución
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Kevin Kunish y Los restos de la revolución

Nacido en la Bahía de San Francisco en California, Kevin Kunishi, tenía sólo cinco años cuando la Guerra de la Contra empezó en Nicaragua y quince años cuando concluyó la Revolución Sandinista. Fue el recuerdo de las discusiones entre su padre y su madre cuando veían por televisión las noticias de este conflicto armado, los que lo llevaron a estudiar sobre la Política Exterior de Estados Unidos en América Latina en la Universidad de California en Santa Bárbara. Tras obtener su título de "master" en fotografía en San Francisco, sintió que esa relación con Nicaragua le llamaba a explorar lo que había pasado en ese país y así responder las preguntas que le inquietaban.

Se propuso indagar sobre las consecuencias a largo plazo de la política exterior que llevó a la Administración de Ronald Reagan a fijar su atención sobre esa pequeña nación centroamericana, y a gastar millones de dólares en la que se conoció como "la guerra de la Contra." Durante los años ochenta, Nicaragua, un país entonces de sólo tres millones de habitantes, fue catalogado por Washington como un "peligro para la seguridad interna de Estados Unidos". En la que resultó ser la última batalla de la Guerra Fría, la agenda social de los Sandinistas y su apoyo a la guerrilla salvadoreña, se consideraron factores que amenazaban los intereses norteamericanos. Se trataba, dijeron, de otra Cuba, otra cabeza de playa desde la cual el comunismo podría extenderse a toda la explosiva zona de conflicto que era entonces Centroamérica.

Después de cuatro décadas de dictadura, los revolucionarios nicaragüenses, mejor conocidos como Sandinistas, llegaron al poder con claras intenciones de restablecer la justicia social en el país. Nacidos y criados bajo una dictadura, los jóvenes guerrilleros carecían de experiencia o entrenamiento democrático, y temían que las elites económicamente poderosas, los harían a un lado. Hazañas cívicas como una hermosa campaña nacional de alfabetización donde los jóvenes del país les enseñaron a sus mayores a leer y escribir, fueron seguidas por confiscaciones de tierras y la nacionalización del sistema bancario. Los temores de los empresarios nicaragüenses encontraron eco en Washington.

Grupos de antiguos miembros de la Guardia Nacional Somocista empezaron a formar un ejército de campesinos en las zonas montañosas del norte del país, suplidos de ayuda militar y económica por Estados Unidos.

Apenas un año después del triunfo revolucionario, el país volvió a estar en guerra. La guerra duró diez años y dejó un saldo de cincuenta mil nicaragüenses muertos. En 1990, en la primera transferencia pacífica de poder en la historia del país, los Sandinistas aceptaron su derrota en las elecciones y Violeta Chamorro, la esposa de un periodista asesinado durante el régimen de Somoza, tomó el poder. Atemorizados por el espectro de una guerra sin fin, la población de Nicaragua había renunciado a sus esperanzas revolucionarias y votado por ella y por el retorno al viejo estado de cosas.

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Los restos de la revolución: un soldado ciego, minas sin explotar, descoloridos símbolos sandinistas y ruinas, son el material del libro de Kevin Kunishi. Sutiles y dolorosas, estas imágenes dicen mucho del olvido de los poderosos.

Actualmente, Daniel Ortega, el antiguo presidente sandinista, ha sido reelecto ya dos veces para regir el país. Aferrado al poder desde 2006, Ortega está erosionando lentamente las instituciones democráticas de Nicaragua, pero ya Nicaragua ha dejado e ser importante para Estados Unidos. Hay otras guerras que combatir, otras revoluciones que necesitan ser domesticadas. Ahora le tocará a los nicaragüenses -como antes tendría que haber sido- el hacerse cargo de sus problemas y vivir con las memorias que este libro retrata con tanta exactitud.

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