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09/17/2012 10:53 am ET Updated Nov 17, 2012

Carta a un ciudadano americano: Cuba, el absurdo embargo

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En América Latina el misterio más grande que existe sobre los estadounidenses no es su pasión por un juego rarísimo como el fútbol Americano y su Gran Tazón, una "final" mundial de algo que no es mundial; o su defensa del porte de armas en defensa del derecho de libertad que todo individuo tiene aún frente a la "amenaza" del gobierno federal; o el hecho de que las mamás gringas sean "soccer Moms" y que en fútbol el equipo de EEUU no sea tomado en serio en el mundo; o que un Mormón, que sigue las enseñanzas de un libro que dicen que apareció de manos de un personaje angelical en los Estados Unidos en 1823, escrito en egipcio "reformado", en unas planchas de oro, y que fue traducido por José Smith, el fundador de la religión usando un proceso llamado Urim y Tumim, pueda llegar a ser presidente de ese país.

Lo que más nos sorprende es que aún hoy, 60 años después de ser anunciado, los EEUU sigan insistiendo en el embargo comercial contra Cuba.

Sólo superado por el fracaso de la Guerra contra las drogas, el embargo a Cuba es la política pública más estúpida e ineficaz de la historia de Occidente.

Una política que lo único que ha logrado es sostener a los hermanos Castro en el poder, y que buscaba lo contrario, claramente no ha dado el resultado deseado.

Conocí a Fidel Castro en Cartagena de Indias, en 1990. En ese entonces los gobiernos de Gaviria en Colombia; Salinas de Gortari en México; y Carlos Andrés Pérez en Venezuela; intentaban convencer al cubano, que para ese entonces llevaba más de 30 años en el poder, de abrir su economía, de permitir elecciones libres y de tomar medidas para abrirle posibilidades a una prensa opositora.

Castro llegaba a esas reuniones vestido de uniforme militar, acompañado del entonces canciller Roberto Robayna, un tipo simpático y abierto a ideas "foráneas", que luego cayó en desgracia y fue enviado al "Plan Pijama" (hoy vende óleos y no opina de política), y a veces del entonces Vicepresidente, un médico pediatra austero y ortodoxo llamado Carlos Lage, que también cayó en desgracia, años después de Robayna y que se salvó por poco de ser fusilado en compañía del Canciller Felipe Pérez, quien en los 90 era Asistente Personal de Fidel.

Como todo megalomaníaco Fidel busca que toda conversación derive hacia él. Habla despacio y en un volumen suficientemente bajo como para que toda la mesa se incline hacia él para escucharlo, como plantas sedientas de agua. Tiene unas manos cuidadas, que observa con frecuencia, usaba entonces unas botas militares con algo de tacón que lo hacían ver un poco más grande que lo que es (larger than life, decían algunos periodistas gringos que caían a sus pies) y desplegaba un truco retórico para descrestar audiencias que siempre lo he oído como referencia de lo sofisticado que es. Se aprendía, hasta el más mínimo nivel de detalle, algo relacionado con su interlocutor. En una visita que llevamos a Cuba en 1994, por ejemplo, habló largo rato sobre minucias irrelevantes pero muy precisas sobre la capacidad de producción de níquel de una planta en el norte colombiano llamada Cerro Matoso. Por supuesto, todo el mundo quedaba con la boca abierta.

En ésa época, al igual que sucede hoy con Chávez, él pasaba horas explicando cómo Cuba tenía más elecciones que cualquier otro país del mundo (elecciones de barrio, de comité, de brigada, de pelotón, de cuadra, de super comité), cómo opinar no era delito en Cuba y por qué, a pesar de las dificultades, una economía cerrada era mejor que una economía abierta. Los demás, empezando por Gaviria, Pérez y Salinas, y siguiendo por sus delegaciones, lo escuchábamos como si estuviera en otro planeta. Y sí, estaba en otro planeta. Uno férreamente gobernado por él y por su hermano donde no es posible disidencia alguna. Un planeta en el que él y su hermano están allí, rodeados por decenas de burócratas del Partido Comunista muertos del susto de que algún día les pase lo que a Pérez Roque, Lage, Robayna o incluso algo peor.

El embargo es el pegante de la Revolución cubana, aquello contra lo cual hay que resistir. La resistencia, asociada al hambre, a la pobreza, a la resignación, a la opresión en la que viven en Cuba, es resistencia al asedio. Pide dignidad ante la opresión. Hace que nadie se queje de un gobierno ineficaz, que no ha logrado mejorar la vida de su gente y que los condena al atraso y la miseria y exige coraje. El embargo es el reactor nuclear de la familia Castro. Y, vaya paradoja, el embargo es lo único en que los Castro y los cubanos de Miami están de acuerdo, vaya uno a saber por qué.

En América Latina es obvio que si EEUU abriera todos los vuelos, todo el transporte, marítimo y aéreo, todo el comercio, de alimentos, bienes y servicios, productos farmacéuticos y tecnología, la dictadura duraría unos pocos días. Pero no, en el Departamento de Estado y en las oficinas de la calle K de los encuestadores de la Casa Blanca, predomina esta tontería de que levantar el embargo e ir en contra de los cubanos de Miami implica perder en La Florida.

Y ya sabemos lo que piensan los Bush de ganar en La Florida.

Presidente Obama: gane las elecciones y levante el embargo contra Cuba. Invadámoslos de alegría, de prosperidad, de alimentos, de productos bien hechos, de tecnología, de divisas, ayudemos a que una economía globalizada irrumpa en la isla generando empleos dignos y bien pagados, abracemos al pueblo cubano para que no tenga que ser un pueblo mendicante, y para que recupere su verdadera dignidad y su posición entre las naciones del mundo.

Levante el embargo y Cuba -no los Castro, Cuba que es mágica y maravillosa- florecerá.

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*Miguel Silva, colombiano, fue Secretario General de la Presidencia de Colombia y fundó la revista Gatopardo. Es periodista y consultor en comunicaciones estratégicas.