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04/18/2014 01:44 pm ET | Updated Jun 18, 2014

Adiós a Gabo, El Nobel colombiano 1927/2014

Cortesia Betty Marriaga

"Debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevaleció el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad"

Aunque no tengo una foto con Gabo que demuestre que un día lo conocí; como han publicado muchos de mis amigos en sus cuentas sociales, yo también tengo mis recuerdos con el Nobel colombiano y están vivitos y en color en el álbum de mi memoria.

La primera vez que lo vi, a finales de los 70's, era una colegiala flacuchenta y vivaracha que en sus horas vespertinas de tareas escolares me apartaba de los deberes para asomarme por la ventana de la casa de una amiguita a ver la gente. "Ahí va Gabo", nos decía la mamá de Martha Lucia; mientras nosotras embobadas lo veíamos pasar.

La segunda vez que me lo tropecé, diez años después, fue para volverlo a ver pasar; definitivamente mi historia con Gabo estaba condenada al refilón, pero esta vez fue por un camino polvoriento a las afueras de Cartagena que conducía a una finca de su propiedad que colindaba con una de mi familia; y casualmente en esta ocasión como la primera vez, volví a escuchar lo mismo: "Ahí va Gabo".

Hoy, recordando estos dos episodios, entendí que mis encuentros con Gabo estaban condenados a miradas lejanas con un solo observador, y aunque un amigo muy querido en común hubiese sido el gancho perfecto para colarme en su entorno, las oportunidades se me escurrieron y la verdad nunca forcé un acercamiento.

El tiempo pasó y cuando Gabito publicó "Vivir Para Contarla", 2002, ya vivía en Miami; recuerdo que esa tarde salí corriendo a la librería comprar el libro y al llegar a casa de inmediato empecé a devorarlo.

De repente, al llegar a la página 445, me quedé impávida y emocionada al descubrir que entre sus memorias gratas, como consta en este fragmento del libro, un "Marriaga" estaba presente y con alegría casi que infantil me consolé un poco pues a pesar de haberlo visto pasar por mi vida sin poder dirigirle la palabra; por lo menos un pariente mío había significado mucho para él.

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Tengo que admitir que ese detalle significó más que un apretón de manos o un saludo pasajero; pues a la postre mi efusivo y escandaloso saludo hubiese terminado en el olvido del Nobel cataquero, (Aracataca).

Reflexionado acerca de mis recuerdos con Gabo puedo entender perfectamente la célebre frase que enmarca este libro: "La vida no es lo que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla", y para mí esos dos recuerdos imborrables son retratos fijos en mi mente.

Hoy que tristemente recibo la noticia de su muerte vienen a mis recuerdos esos pasajes ligados a su vida y a su obra; y aunque no fueron encuentros casuales ni causales quise contarlos como homenaje a mi profesión que fue la misma de Gabito; esa que lo hizo escribir crónicas, reportajes, cuentos y novelas que harán que quede inmortalizado como el escritor que cambio la manera de dibujar la realidad; ese que con su pluma y su realismo mágico se convirtió en su propio crítico e hizo que sus relatos mantuvieran al lector cautivado de principio a fin.

Y aunque no se me dio la oportunidad de conocerlo; siento que de alguna manera mis fantasías y mundo de 'betilanda', como me dice mi hija, tienen pinceladas que reflejan que los dos venimos de Macondo; una tierra donde lo inimaginable se reproduce como verdolaga, un caribe mágico en donde el tiempo se congela y en medio de mariposas amarillas y pescaditos de oro, ramilletes de Remedios ascienden entre sabanas al cielo y puñados de Aureliano nacen todos los días.

Este sencillo, pero humilde homenaje que rindo en su honor, me recuerda a ese Gabo dicharachero que modestamente en una ocasión admitió que luego de escribir su máxima obra 'Cien Años de Soledad", quiso deshacerse del fantasma de los "Buendía" escribiendo algo diferente y creo 'El Otoño del Patriarca', una novela que su lectores nunca le perdonaron; sin embargo hoy en día es su libro más estudiado.

Con el fallecimiento de Gabo y la bandada de internautas que convirtieron su nombre y su obra en lo más trinado del día en Twitter, queda demostrada la proporción de leyenda que García Márquez asumió, lo que demuestra que además de colombiano, el autor, se convirtió en ciudadano del mundo moderno.

Solo me resta darles mis respetos al gran maestro de las letras; y que descanse en paz ese pensador ágil e incansable que supo recoger con sutileza y finura la tradición oral de mi tierra caribeña y tejer en cada uno de sus novelas, crónicas y relatos historias fascinantes que compilaban cuentos encadenados.

Quiero despedirme rindiéndole honores a la imaginación, la realidad, la fantasía, el mito y la leyenda: características indiscutibles de un mundo construido por Gabo llamado Macondo, el cual tiene que ver con la atmósfera que define al ser humana, no solo al de Aracataca o América Latina sino de muchas partes del mundo que se identifican con su obra.

¡Gracias Gabo! Gracias mil porque, gracias a tu obra y a tu ejemplo, ya no estaremos condenados a 100 años de soledad y abandono. A mis colegas una más de tus verdades:

"La calidad de la noticia se ha perdido por culpa de la competencia, la rapidez y la magnificación de la primicia. A veces se olvida que la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor".

Gabriel García Márquez 1927-2014

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