THE BLOG
11/26/2012 03:58 pm ET Updated Jan 26, 2013

La pelea que paralizó a un país

macho camacho

Me recuerdo la noche del 12 de septiembre de 1992 recorriendo las calles, oscuras y desiertas, de Reynosa en Tamaulipas. Con 12 años de edad y acompañado de mi padre, buscábamos ansiosos un lugar dónde ver la pelea de box más esperada en muchos años: Julio César Chávez contra Héctor "Macho" Camacho.

Las opciones eran limitadas pues ningún bar dejaría entrar a un niño, ni siquiera a ver una pelea de interés nacional. Pudimos apretujarnos con un grupo de personas que, desde la acera, veían la función que se transmitía en el televisor dentro del lobby también apretujado de un viejo hotel en el centro de la ciudad. Las calles se habían vaciado para ver la pelea, y desde la perspectiva de un niño, toda esa gente parecía estar en el lobby del viejo Hotel Riviera. Desde la acera me paraba sobre las puntas para ver el televisor que detrás del cristal transmitía las acciones como en una película de cine mudo. Apenas podía imaginar al Sony Alarcón, con ese timbre de voz dramático y fresco, que era la banda sonora de las grandes hazañas de los ídolos de mi niñez: Julio César Chávez y Fernando Valenzuela.

Ya el Hotel Riviera es apenas un recuerdo lejano que dio paso a un centro comercial, y aquella fresca tranquilidad de las noches de Reynosa ya también se fue. La noticia del atentado a balazos que dejó en muerte cerebral al gran ex campeón puertorriqueño, aquel archirrival de Julio César Chávez, es una historia próxima y familiar para quien, como yo, ha vivido en una ciudad devorada por la violencia y las balas. El fallecimiento de Héctor "Macho" Camacho regresó el tiempo 20 años a aquella niñez en una ciudad normal que se preparaba para reunirse a ver una pelea de box. Hoy eso es un contraste abismal: recordar lo que antes eran el Macho y mi ciudad, y ver en lo que se han convertido.

Antes de llegar a esa noche entrañable en el Hotel Riviera, había esperado por meses la pelea que para mi era perfecta. Esa espera pareció una eternidad. Tanto Julio César Chávez como Héctor "Macho" Camacho habían ascendido en el escalafón boxístico de forma casi paralela desde 1983, cuando Camacho conquistó su primer campeonato mundial, el super pluma del CMB. Un año después lo dejó vacante para subir al peso ligero y fue entonces que emergió Julio César Chávez para derrotar al "Azabache" Martínez y quedarse con ese cinturón aún tibio del Macho Camacho, el primero en el palmarés de Julio César.

Posteriormente, ambos fueron campeones mundiales en ligero y súper ligero, Camacho gritó, vociferó, adjetivó y amenazó, aunque evitó a toda costa a Julio con el propósito de calentar la pelea y enfrentarse, por fin, en 1992, cuando la expectación y las bolsas económicas estaban en su punto máximo.

A cada uno, Don King le pagó de 3 millones de dólares y el ganador recibiría el auto de sus sueños. Camacho quería un Bentley y Chávez un Lamborghini. Los boletos se vendieron en tiempo récord y el pago por evento alcanzó 880,000 suscripciones a 25 dólares la compra, es decir, 22 millones de dólares, que se sumaron a los 4.5 millones de ganancias para el hotel Hilton de Las Vegas.

El Macho Camacho subió al ring radiante, bailando "Macho Man", vestido de superhéroe, como si no le pudieran entrar ni las balas.

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El "Macho" Camacho de aquella noche subió al ring radiante, bailando "Macho Man", vestido de superhéroe, una especie de Capitán América boricua que parecía indestructible, como si a ese súper héroe las balas no le pudieran entrar.

Lo que sí le entraron fueron los puños de Julio César Chávez. El gran campeón mexicano lo persiguió por todo el ring como un tractor sin reversa, le punzó el hígado de forma incesante hasta dejarlo estático en los rounds finales y lo cruzó sistemáticamente con largas derechas que le cerraron el ojo izquierdo. El "Macho" Camacho veloz y vivaz ya se había difuminado en el ocaso de la pelea. Estuvo a punto de irse a la lona en el último round cuando logró colgarse con el guante de la cuerda para no caer. La decisión fue una victoria unánime para Julio.

Para entonces el lobby del Hotel Riviera era todo euforia, luego de aquellas mandíbulas apretadas como haciendo fuerza junto a Julio César Chávez cada vez que el mexicano lanzaba un gancho la hígado.

Pero el Macho Camacho nunca cayó. Aunque había recibido castigo durante toda la pelea, se mantuvo en pie. Lo que no pudieron hacer los puños del más grande boxeador en la historia de México, sí lo pudieron conseguir las balas, esas que lo destruyen todo: al Macho Camacho, al Hotel Riviera, y las apacibles noches como aquella.

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César González es articulista de La Ciudad Deportiva.