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Javier Callejo

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Arqueología de la hipermodernidad: la farmacia

Posted: 07/19/2012 5:11 am

Los últimos tiempos de la modernidad tardía avanzada vivieron el más feroz enfrentamiento entre los espacios físicos y los virtuales. Entre la resistencia de los primeros, por seguir mostrándose como el núcleo de la realidad, y la comparativa ventaja económica de los segundos. Enfrentamiento que dividió a todos entre el afecto a los rincones y la lógica de la eficiencia. Pues bien, uno de los principales campos de batalla fue el farmacéutico, el de la dispensa de medicamentos, hasta que se vio el fin de estas tiendas especializadas.

Prácticamente desde los inicios de la extensión de Internet, se acogió con entusiasmo la compraventa de medicamentos o de sustancias que se hacían pasar por medicamentos. No obstante, algunas se mantuvieron como muestra de un arte y saber medicinal, especialmente apoyado en el conocimiento de los efectos de flores y hierbas, o como memoria de un espacio lleno de paz, de la tranquilidad necesaria para la salud. Es el caso de algunas farmacias, que, en otro tiempo, estuvieron vinculadas a conventos, como ocurría en Florencia, y fueron visitadas durante mucho tiempo como vestigio del pasado.

Desde el inicio de la modernidad, la farmacia, entonces denominada botica, ocupó un lugar principal en el espacio local. Por un lado, era un modelo de una figura que después se iba a extender en la propia modernidad, la del profesional. La de aquel que investiga, acumula conocimientos, pero siempre con un fin práctico, inmediato: producirlo con sus manos para aplicarlo, con ellas mismas, a sus parroquianos, porque sus usuarios eran los vecinos que, al igual que al párroco, le confesaban cosas íntimas, sobre las que tenía que guardar -y he aquí otro de los dispositivos que después tuvieron amplia extensión- el secreto profesional. La farmacia ha sido durante mucho tiempo el lugar público de los secretos. Tal vez de aquí venía su atractivo. También de la atribución, casi mágica, de la capacidad de obtener salud donde antes había veneno, como señala su símbolo ancestral, antes de que las cruces de neón verde se impusieran.

Relación entre causa y efecto, secreto profesional, indagación continua, acumulación de conocimientos y, sobre todo, vocación, que se solía transmitir por generaciones. De hecho, aún quedan registros de carteles de farmacias encabezadas por: "Nietos de ....", "Herederos de...", en honor del fundador.

Como espacio, la botica fue un espacio liminar. Entre la esfera pública y la esfera privada. Una tensión que hizo que tal espacio quedase dividido, fragmentado, entre la tienda y la rebotica, entre el comercio y la producción, entre la dramatización en la esfera pública y la trama y tramoya de contubernios liberales en la trastienda. Sus paredes también guardaron secretos políticos. Todo el pueblo sabía que, allí detrás, se conjuraban los poderes o los antipoderes locales. Entre la confesión, con sentimiento de culpa, y la rebelión, con deseos de cambio. Habermas señala que la opinión pública burguesa y las revoluciones burguesas se fraguaron en los cafés. Tal vez en las grandes ciudades. Pero las revueltas locales, donde se articulaban las fuerzas comunitarias, surgieron en la rebotica, en un espacio que sabía del mundo, sus valores y principios, de la ciencia y de un saber aplicado, que creía firmemente en el progreso.

La racionalización burocrática llegó también a la farmacia. Se dejaron de fabricar los ungüentos y los jarabes específicos, así como las revueltas. Todo fue dominado por medicamentes estandarizados, genéricos, sin personalidad y, sobre todo, por los grandes laboratorios. En muchos países, estos laboratorios acumularon grandes fortunas gracias a un estado del bienestar que les pagaba a ellos las medicinas que necesitaba la gente. ¿Y las revueltas? En un mundo globalizado, también se fueron a los espacios digitales.

El estado del bienestar también hizo aguas. Sucumbió. Y los laboratorios empezaron a prescindir de estos espacios. Y los farmacéuticos ya no supieron fabricar sus propias medicinas o se lo prohibieron, pues eran incómoda competencia. Las medicinas se vendían por Internet y llegaban a casa poco después de solicitarlas. Es más, cuanto más se pagase por ellas, más rápido llegaban. Se establecieron servicios "plus", "Premium", etcétera, cuyo valor añadido era la inmediatez con que llegaban los medicamentos. ¿Y quiénes no podían pagar estas tarifas especiales? A la cola en función de su capacidad de compra, dejando en un segundo o tercer lugar la urgencia del dolor o la enfermedad. ¿Quién ha dicho que el mundo digital es igualitario y democrático?

Los vecinos ya no tenían la farmacia consejera, cerca de casa, a la que acudir. De nada sirvió que algunas extendieran sus horarios a las 24 horas del día, o que incluso empezaran a desarrollar el servicio a casa, o que su oferta de productos se extendiese a algunos que poco o nada tenían que ver con la salud o la higiene. La suerte estaba echada.

Más artículos del autor en: http://www.elpulso.es/blog/Javier-Callejo-Gallego.html.

 

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