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11/01/2012 02:18 pm ET | Updated Jan 01, 2013

Sandy: Nueva York se disfraza de inmigrante para celebrar Halloween

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La tierra prometida: así lucía el área oeste de Manhattan el miércoles en la noche, luego de la osadía que se ha venido viviendo en la última semana en el este y sur de la ciudad tras el paso del huracán Sandy.

Desde los vecindarios del otro lado, donde luego de varios días sin luz ni agua, parecería comenzar a sentirse un poco la desesperación y el desasosiego, ese otro sitio, aquel que no se vio tan afectado, y que aún goza de todas los servicios básicos, sonaba al paraíso.

Para colmo de crueldades son de hecho los sur-este-cianos los que tienen que dormirse cada día en completa oscuridad, pero contemplando un gran escenario iluminado que llega desde zonas como el Empire State Building y Times Square, los cuales permanecen completamente alumbrados.

La misma vista que antes había parecido un espectáculo increíble, símbolo de algunos de los sectores más icónicos de Nueva York, ahora se recibía hasta con un poco de disgusto. Era no menos que una pérdida de electricidad, un derroche de energía, una distribución injusta de recursos.

En ese distante, pero tan cercano territorio, donde se vive en excesos, las personas transitaban por las calles como si nada hubiese pasado. Los niños vestiditos de sus personajes preferidos se paseaban de casa en casa y de negocio en negocio cantando su tradicional "Halloween, trick or treat", y recibiendo todo tipo de golosinas con agrado, mientras las calles les hacían juego decoradas con algún ornamento conmemorativo de la festividad.

En los bares, los jóvenes disfrutaban charlando, comiendo alimentos frescos, sin enfrentar problemas con panes expirados, ni galletas viejas, y bebiendo a plenitud, sin tener que lidiar con leches cortadas o jugos calientes.

Aquella gloriosa burbuja donde no faltaba nada, y todo se paseaba a alrededor en abundancia, era hechizante. Los grandes anuncios prendidos de tiendas y marcas, y los turistas riendo y paseando ignorantes de otras condiciones, contagiaban su alegría.

Por su parte, los autobuses, que ya comenzaban a transportar y conectar a un lado de la ciudad con el otro, se encontraban atascados de tanta gente, decenas y cientos de personas esperaban a ser llevados de vuelta a sus realidades.

Al llegar a su destino, su pueblo fantasma, se bajaban uno a uno en silencio, con calma, despacio, y caminaban alumbrando sus pisadas con una linterna. Cruzaban la calle en filita, con miedo a ser intersectados por los autos, que circulan las calles, pero sin ningún tipo de control, sin semáforos ni luces indicativas.

Entonces no me tomó mucho para entenderlo: Nueva York estaba dividido, y éramos nosotros, los del lado sur y este, los ex patriados, los extranjeros, los forasteros. Esa noche habíamos celebrado Halloween, nos habíamos disfrazado de inmigrantes sin saberlo.

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